Apuntes, rayones y manchas de mi vida

La astrología 

Ronulfo estaba sentado en la mesa principal de la vieja casa de madera. Frente a él había papeles, un par de libros abiertos, una calculadora deslucida, un juego de geometría y marcadores de colores. Parecía un astrólogo medieval en plena labor, como aquellos que, a la luz de las velas, trazaban círculos perfectos y estudiaban la posición de los astros en la inmensidad del cielo. Pero no había velas ni una mesa de roble antiguo. Lo que había era una mesa de comedor de caoba y un hombre que había llegado a la vejez haciendo lo que siempre quiso: desentrañar los secretos de los astros. 

Edgar y Estrella entraron a la casa. El crujir de las tablas del piso anunció su llegada. A Edgar se le notaba la incomodidad en la forma en que evitaba mirar a su abuelo, como si le diera vergüenza esa afición que consideraba anticuada y anticiencia. 

—¿Ya llegaron? —dijo la abuela, saliendo de la cocina con una sonrisa dulce y secándose las manos en el delantal. 

El aroma del café recién chorreado se mezcló con el de la cera del piso, envolviendo todo el ambiente. Ronulfo levantó la vista, pero no dijo nada. Volvió a sus papeles y sus líneas. 

—Sí, abuela, pero no nos quedamos mucho rato —dijo Edgar, apresurado. 

Estrella, en cambio, estaba fascinada con la escena. 

—¿Y usted qué está haciendo? —preguntó ella, acercándose a la mesa. 

Ronulfo ahora sí sonrió. 

—Cartas astrales, muchacha. Pero para hacerlas bien, hay que saber la fecha y la hora exacta del nacimiento. Sin eso, no hay precisión. 

—Tres de abril de 1995, Catedral, San José, Costa Rica. Diecinueve años, soltera, pero no estoy segura de la hora —dijo Estrella, intrigada y dándole más datos de la cuenta. 

—Vamos a ver qué puedo hacer… —dijo el abuelo, como si hubiera recibido la clave para descubrir un tesoro. 

Mientras Ronulfo tomaba nota y hacía sus cálculos, la abuela sirvió café en tazas jarras y lo ofreció con un ademán suave mientras interrogaba a Estrella: 

—¿Y estás estudiando? 

—Sí, estoy en Generales. Quiero estudiar Filosofía —respondió Estrella con orgullo. 

El tiempo pasó lento, como suele pasar en las casas de los abuelos. Finalmente, Ronulfo alzó la vista, sus lentes descansando en la punta de su nariz. 

—Vos sabés que Edgar no te conviene, ¿verdad? 

Estrella abrió los ojos, sorprendida. 

—¿Por qué dice eso? 

Ronulfo suspiró. 

—Edgar tiene a Marte en conjunción con el Sol. Y ustedes tienen a Marte en cuadratura. 

Edgar, parado junto a la puerta, hizo una mueca de fastidio, como diciendo: «¡Qué rarito es mi abuelo!». La abuela sonrió cómplice mientras los acompañaba a la salida. El piso volvió a crujir bajo sus pasos, y el olor a cera y café los despidió en la puerta. 

Estrella no entendió nada de astrología. Ella, como la mayoría de la gente, leía el horóscopo en el periódico, creyera o no. 

Cumpleaños 25 

Estrella había organizado todo para su cumpleaños 25. Trabajando en el Ministerio de Cultura, sabía dónde, cómo y cuándo ir a divertirse. Un concierto con sus compas y luego a La Cali, a ver qué bar tenía ambiente. No siempre se cumplen 25, y no siempre a los 25 terminás una relación de dos años con el mae que creías que iba a ser tu esposo para toda la vida. 

Pero al día siguiente de tener todo listo, justo un mes antes del gran día, se declaró el COVID en Costa Rica. Al principio, Estrella no le dio pelota. 

—Bah, esto fijo dura dos semanas y ya. 

Pero cuando el gobierno anunció las restricciones, se le cayó el mundo. 

—A la mierda la celebración —se dijo—. Ni concierto ni bar. Ahora me toca quedarme en la choza viendo Netflix y llorando por el ex. 

Y eso hizo. Viendo una peli mala, empezó a hablar consigo misma: 

—Mae, en serio, ¿por qué no encuentro a alguien que me merezca? Soy joven, guapa, tengo brete estable, vivo sola, no soy celosa, tengo tema de conversación… O sea, me entrego a las relaciones. ¿Qué putas pasa? 

Mientras pensaba, salió un anuncio en la tele de unos colombianos que leían el tarot, hacían cartas astrales y ayudaban a encontrar el amor. 

Dos birras y una copa de vino después, agarró el teléfono para llamar al ex. Marcó, pero colgó. 

—Elegante hasta morir —se rió sola. 

Se fue a dormir y soñó con el colombiano del anuncio. Le daba unas botellitas de vidrio para enterrar; tenía que meterle la foto del ex. Pero en la pesadilla, metió la foto de la ministra de Cultura y del presidente Alvarado. Era su venganza por no poder celebrar su cumple. Se despertó asustada cuando vio la foto del presidente quemándose dentro de la botella. 

El 4 de abril de 2020 amaneció con apenas un poco de goma. Se hizo un cafecito y pensó en el sueño. 

—Mae, qué tontera. 

Pero entonces se cuestionó más en serio. 

—Sería mejor tener una lista de maes con sus cualidades y defectos y así ir a lo seguro. Nada de perder tiempo en el ritual de ligue. 

Y se acordó de don Ronulfo… 

Estrella se hace astróloga 

En agosto, ya con la pandemia en su clímax y la restricción sanitaria en todo lado, Estrella pasaba la mayor parte del tiempo en la casa, teletrabajando, pero con horas de sobra para sus cosas. No dejaba de recordar a don Ronulfo con sus libros viejos y cálculos exactos. Pensó: 

—¿Y si me meto en esto de la astrología en serio? 

Y así fue. 

Primero buscó en internet, pero algo no le cuadraba. Quería libros físicos, como los de Ronulfo, sentir el peso de las páginas y subrayar frases que le abrirían la mente. Les preguntaron a sus amigos por librerías de segunda mano. Le hablaron de una esotérica por la Clínica Bíblica, pero ya había cerrado: el señor que la manejaba había fallecido. 

La más famosa, El Erial, por la Corte, sí seguía abierta. Ahí compró un libro de efemérides planetarias, pero solo llegó hasta el 2000. 

—Diay, esto no me sirve para hacer cartas de hoy —pensó, decepcionada. 

En una librería del centro encontró uno nuevo, pero demasiado técnico, lleno de fórmulas de trigonometría para calcular casas natales. 

—No, no, no, esto está muy avanzado. Yo no voy a hacer esto a la antigua. 

Entonces probó con una página web que hacía cartas astrales gratis. Ingresó sus datos y, cuando vio el gráfico, quedó impresionada. 

— ¿Cómo es posible que esto, con solo mi fecha, hora y lugar de nacimiento, me describa tan bien? 

Desde ese momento, se enamoró de la astrología. 

Un día, leyendo un libro viejo que había encontrado en otra librería de segunda, topó con una explicación que le hizo clic. Decía algo así: 

«La luna, con su fuerza gravitacional, atrae el agua de los océanos, creando las mareas. Nuestro cuerpo, formado en su mayoría por agua, no puede escapar de esa influencia. Las fases lunares afectan nuestras emociones, nuestros ciclos biológicos y hasta nuestro comportamiento. Si la luna puede mover un océano entero, ¿cómo no va a movernos a nosotros, que también somos agua y también somos parte de la Tierra?». 

Para Estrella, eso fue más que suficiente. No se necesitan más pruebas. 

Cada día, entre reuniones de trabajo virtuales y cocinar algo rápido, se metía un poco más en el estudio de los planetas. Marte, la acción. Venus, el amor. Mercurio, la comunicación. Se aprendió los signos, las casas, los tránsitos. 

No salía mucho de la casa, ni sus amistades la visitaban. Todas las personas con miedo al contagio y esperando la vacuna. 

Sin que casi nadie se diera cuenta, Estrella se hizo astróloga. 

Encontró la fórmula 

La pantalla iluminaba su rostro mientras el reloj marcaba las 2:00 am. No podía dormir. Necesitaba localizar. Tenía que existir ese hombre perfecto en algún rincón de Costa Rica. Nacido entre 1990 y 1996, un año menor si acaso, pero no más. 

—No voy a maternal a ningún chiquillo que ande buscando mamá —se dijo en voz alta, mientras abría una nueva nota en su computadora. 

Luego de muchos meses y de medio entender la astrología, encontré lo que buscaba. Comenzó a escribir en un archivo del escritorio de su computadora que llamó EL HOMBRE PERFECTO. 

Aspectos planetarios ideales para un hombre aventurero, afortunado, inteligente, amable, líder, cordial y refinado. 

Sus ojos brillaban de cansancio y emoción. Si las estrellas tenían todas las respuestas, ella iba a encontrarlas. Con su taza de café ya fría a un lado, comenzó a enumerar: 

Aventurero: 

  • Sol, Marte o Júpiter en Sagitario o Aries: Espíritu libre, amante de los retos, viajes y nuevas experiencias. 
  • Júpiter en Casa IX: Deseo de explorar el mundo, aprender y vivir sin límites. 

Buena fortuna: 

  • Júpiter en trígono/conjunción con Sol o Venus: Carisma, éxito, optimismo y suerte natural. 
  • Júpiter en Casa II (finanzas) o Casa X (carrera): Abundancia material y reconocimiento profesional. 

Inteligente: 

  • Mercurio en Acuario, Géminis o Virgo: Mente brillante, analítica, curiosa y adaptable. 
  • Mercurio en trígono con Urano: Innovación, ideas rápidas, pensamiento avanzado. 

Amable y cordial: 

  • Venus en Libra o Tauro: Encanto, diplomacia, amor por la armonía y la belleza. 
  • Luna en Cáncer o Piscis: Sensibilidad, empatía, ternura. 

Con liderazgo: 

  • Sol o Marte en Leo: Carisma, confianza, capacidad de inspirar. 
  • Ascendente en Aries o Capricornio: Apariencia de autoridad, ambición, determinación. 

Refinado y elegante: 

  • Venus en Libra o Tauro en Casa X o I: Buen gusto, estilo, amor por el arte. 
  • Saturno en trígono con Venus: Refinamiento clásico, modales impecables. 

Aspecto “casi perfecto”: 

  • Gran trígono Sol-Júpiter-Venus: Fortuna, atractivo, éxito. 
  • Luna en trígono con Júpiter o Venus: Estabilidad emocional, generosidad, ternura. 

Al terminar, se dijo en voz baja: 

—Esta combinación describe a un hombre con características excepcionales, equilibrando aventura, inteligencia, liderazgo y amabilidad con fortuna y elegancia. Voy a empezar con este último: Trígono de Sol, Júpiter y Venus. 

Se reclinó en su silla, suspirando. 

—Bueno, Estrella… Si ese mae existe, fijo ya está casado —murmuró con una sonrisa cansada—. Pero si no, lo voy a encontrar. 

La búsqueda de los mejores 

—Mae, vieras que ya casi lo tengo. 

Estrella hablaba sola, con los ojos fijos en la pantalla de su computadora, donde las efemérides astrológicas brillaban como si fueran el mapa del tesoro. Había pasado noches enteras repasando tránsitos planetarios, buscando al hombre perfecto. 

—El mejor aspecto era el trígono del Sol, Venus y Júpiter. Finales de noviembre del 95. Sol en Sagitario, Júpiter en Sagitario, Venus en Leo… Uff, puro fuego. Pero no, mae, muy carajillo. Mejor lo dejo para después. 

Suspiró y se echó hacia atrás en la silla. La ventana abierta dejaba entrar el sonido lejano de un perro ladrando y una moto que pasaba por la calle. Seguía apuntando. 

—A ver… la Luna en trígono con Júpiter y Venus. Mmm… Aquí ya me metí en una bronca. Tendría que revisar cada mes entre el 90 y el 96. Imaginate, mae, la Luna moviéndose como loca, armando esos trígonos solo por unas horas. No, no, no, mejor ese lo veo cuando ya tengo la lista. 

Cerró un libro horrible de astrología que tenía en la mesa y se estiró. 

—Estrellita, no seás tan ambiciosa. Empezá con algo manejable. 

Tomó una hoja en blanco y escribió con tinta azul: 

Amable y cordial: 

  • Venus en Libra o Tauro: Encanto, diplomacia, amor por la armonía y la belleza. 
  • Luna en Cáncer o Piscis: Sensibilidad, empatía, ternura. 

—La Luna después… La Luna es promiscua, mejor lo dejo para el final. 

Volvió a la computadora, a los cálculos, a los libros, y encontró las fechas: 

Venus en Tauro: 

  • 1990: 30 de mayo al 24 de junio. 
  • 1992: 1 al 25 de mayo. 
  • 1995: 16 de mayo al 10 de junio. 

Venus en Libra: 

  • 1990: 1 al 24 de octubre. 
  • 1993: 10 de noviembre al 5 de diciembre. 
  • 1995: 1 al 24 de octubre. 

—Mae, con esto ya avanzamos. Ya casi, Estrella, ya casi. 

Sonrió y guardó el archivo, mientras se imaginaba a ese hombre perfecto que, según las estrellas, estaba por ahí esperando a ser encontrado. 

Estrella filosofa 

Estrella hizo una pausa en su búsqueda de datos. Sabía que encontrar a su hombre perfecto llevaría tiempo, y ahora, en medio de la pandemia, con tanto muerto y tanto cuestionamiento sobre las vacunas, tenía el espacio para entregarse a esa obsesión. 

—¿Será que estoy siendo muy banal? —murmuró, dándose cuenta de que había comenzado por lo materialista: fortuna, éxito, atractivo. 

Pero no se iba a mentir. La fortuna significaba estabilidad financiera, menos preocupaciones y menos peleas por dinero. Claro, eso no garantizaba la felicidad, pero al menos quitaba un peso. 

Se recostó en la silla, pensativa. 

El atractivo… ese no solo era físico. También era confianza, carisma, autenticidad. Uno puede ser lindo, pero si no transmite nada, ¿para qué? 

Y el éxito… Inspirador, sí, pero si se convierte en una competencia, la cosa se jode. Celebrar los logros del otro fortalece, pero si uno se enfoca solo en sí mismo, ahí se rompe todo. 

De repente, recordó a Epicuro de sus cursos universitarios. Él diría que la fortuna, el atractivo y el éxito valen si traen placer verdadero y evitan el dolor, tanto personal como en pareja. 

Los estoicos, en cambio, dirían que todo eso es efímero, que lo que importa es el carácter, la virtud, el respeto. 

Y Sartre… Sartre insistiría en que una relación real es cuando se reconoce la libertad y la individualidad del otro, no las etiquetas sociales. 

—Y ¿qué me decís de la amabilidad? —se preguntó a sí misma—. Ser amable es ser empático, entender y respetar al otro. Es inteligencia emocional: escuchar, apoyar, agradecer. Eso crea confianza, ¿no? Un ambiente seguro. Si sos amable, te devuelven lo mismo. Es un ciclo. 

Aristóteles hablaba de la philia , ese afecto genuino que sostiene una relación. Buscar el bienestar mutuo, no solo el propio. 

Kant… Kant diría que hay que tratar al otro como un fin, no como un medio. 

Y, bueno, ser amable también es un acto de libertad, de compromiso diario. 

Sospechó, mirando la pantalla. 

Al final, ser amable y cordial es lo que sostiene todo. La plata, la belleza, el éxito… todo eso suma, pero si no hay respeto ni autenticidad, no sirve. 

Entre pandemia y muerte, ella prefería enfocarse en esto. Filosofar un rato la devolvió a no sentirse tan superficial. 

Le tocó el turno a la inteligencia 

Estrella, sentada frente a su computadora, revisaba una vez más las efemérides. Mercurio, planeta de la inteligencia, había transitado por Acuario, Géminis y Virgo varias veces entre 1990 y 1996. Anotó las fechas con cuidado: 

Mercurio en Acuario: marzo a abril de 1990, febrero a marzo de 1992, enero a febrero de 1994, enero de 1996. Mercurio en Géminis: junio a julio de 1990, mayo a junio de 1992, abril a mayo de 1994, mayo a junio de 1996. Mercurio en Virgo: septiembre a octubre de 1990, agosto de 1992, julio a agosto de 1994, agosto a septiembre de 1996. 

Suspiró. “Mae, ya es hora de ir afinando fechas. No puedo seguir ampliando esto, necesito encontrarlo”, pensó. Pero, ¿por qué quería un hombre inteligente? Y, más importante aún, ¿ella era inteligente? 

–Si una pareja es intelectualmente compatible, todo fluye mejor, ¿no? –se dijo en voz alta. –Las conversaciones, el humor, hasta los pleitos son diferentes. 

Habló consigo misma, algo que hacía cada vez con más frecuencia: 

–Una persona inteligente maneja mejor los desacuerdos, comunica con claridad, resuelve sin dañar. Pero, ¿y si uno se siente menos? Podría ser bonito admirarlo, pero también da miedillo sentirse tonta a la par. 

Se rascó la cabeza. 

–Y si el otro es el inteligente, ¿y si se frustra porque yo no le llego? Ah, no, mejor iguales… o al menos que no me haga sentir menos. 

Se metió de lleno en internet a buscar qué decían los grandes sobre la inteligencia en pareja: 

–Platón veía el amor como un camino hacia la sabiduría. Aristóteles hablaba de inspirarse mutuamente. Nietzsche, todo dramático, advertía que mucha diferencia corrompe el amor. Simone de Beauvoir diría que un amor real debate y reta sin miedo. Y Hegel, tan enredado como siempre, decía que las diferencias pueden enriquecer la relación si ambos aprenden. 

Cerró la laptop. 

–Todo bien, todo bonito, pero al final lo que importa es cómo se maneja esa diferencia. Un amor genuino no compite, mae, se admira y crece. 

Esa noche se dejó llevar por la imaginación: ella, de la mano de un hombre inteligente, guapo, exitoso, caminando por París. Quiso disfrutar esa fantasía, pero necesitaba un rostro. 

–Una no se puede masturbar una sin una cara o sin un pene conocido –se rió. 

Así que mezcló: la cara de aquel guapérrimo que la dejó botada, los besos de aquel otro que nunca se comprometió y el sexo oral del locario que, tras satisfacerla, le pidió plata prestada y nunca volvió. 

Volver a la normalidad 

Llegó el día en que Estrella tuvo que volver al trabajo. Era octubre de 2020, un mes que para muchos significaba el lento retorno a una nueva normalidad, pero para ella era una interrupción de su plan meticuloso. Le asignaron una modalidad híbrida: teletrabajo los martes, miércoles y jueves, y presencial los lunes y viernes. «Pura vida, justo lo que no quería», pensó en voz alta mientras cerraba su computadora. Ya tenía las fechas probables, ahora necesitaba los nombres o al menos los números de cédula de los nacidos en esas fechas. 

1990: 30 de mayo al 24 de junio, 1 al 24 de octubre. 1992: 1 al 25 de mayo. 1993: 10 de noviembre al 5 de diciembre. 1995: 16 de mayo al 10 de junio y finales de noviembre. 

El Registro Civil quedaba en la cuadra a la par de su oficina. Entre octubre y diciembre pidió permiso varias veces para ir a hacer ‘vueltas’. Cada vez que entraba, trataba de analizar al personal. Detrás de las mascarillas, todo era un misterio. ¿Cómo saber quién podría ayudarle? Se le hizo costumbre almorzar en las bancas del registro los lunes y los viernes, tanto que los guardas ya la saludaban como si fuera una funcionaria más. 

Pero un mediodía todo se complicó. Hubo una alerta: alguien estaba robando carteras y artículos en las oficinas. Estrella fue una de las investigadas. –No fui yo –dijo, un poco indignada–. Es que… me gusta almorzar aquí, es tranquilo. –Ajá… pero, ¿por qué siempre aquí? –preguntó uno de los guardas, desconfiado. 

Obviamente no pudieron probar nada, pero la situación le dejó claro que tenía que cambiar de estrategia. 

Iniciando el 2021, decidió pedir trabajar presencialmente todos los días. En el despacho de la ministra aceptaron. Su trabajo de oficina como asistente lo permitía. Y ella feliz. 

Ahora su táctica era sentarse en un pollito del Parque Nacional a la hora de salida de los empleados del registro. Pasaron meses. Observaba, escuchaba. Hasta que un día, escuchó a un muchacho al teléfono: –Nos vemos en La Cali, mae. 

Lo siguió. Vio cómo se metió donde Rafa. Entró también, disimulada. Minutos después llegó el amigo al que el muchacho esperaba. Los vio bien. Se dio la vuelta y se fue. Ya tenía ubicado a un posible colaborador. 

Asunto: Solicitud de datos de natalidad para análisis demográfico 

Estimados/as funcionarios/as del Departamento de Comunicación del INEC, 

Desde el despacho de la señora Ministra de Cultura, estamos realizando un análisis sobre la evolución demográfica y su posible impacto en la planificación educativa a mediano y largo plazo. Por esta razón, solicitamos amablemente su colaboración para proporcionarnos los datos correspondientes al número de personas de sexo masculino nacidas en Costa Rica durante los siguientes períodos: 

1990: Del 30 de mayo al 24 de junio y del 1 al 24 de octubre. 1992: Del 1 al 25 de mayo. 1993: Del 10 de noviembre al 5 de diciembre. 1995: Del 16 de mayo al 10 de junio y del 25 al 30 de noviembre. 

Estos datos serán de gran utilidad para los análisis que estamos llevando a cabo. Agradecemos de antemano su colaboración y quedamos atentos a cualquier consulta o información adicional que requieran. 

Atentamente, Estrella Solano L. Despacho de la Ministra 

Asunto: Respuesta a solicitud de datos de natalidad 

Estimado/a Estrella Solano L.: 

En atención a su solicitud, le compartimos la información disponible sobre los nacimientos masculinos registrados en Costa Rica durante los períodos indicados. Según nuestras estimaciones basadas en la proporción histórica de nacimientos, los datos aproximados son: 

1990: 4,874 nacimientos masculinos. 1992: 2,419 nacimientos masculinos. 1993: 2,527 nacimientos masculinos. 1995: 3,025 nacimientos masculinos. 

Quedamos a su disposición para cualquier consulta adicional. 

Atentamente, Álvaro Fuentes J. Departamento de Comunicación, INEC 

Estrella leyó el correo y susurró: “¡12,845 hombres! ¿Cómo voy a hacer con tantos?”. Se rió sola, pero luego pensó en el trabajo que tendría. 

Recordó por qué estaba en el Ministerio: no por pasión, sino por necesidad. La muerte de su papá la obligó a dejar Filosofía y aceptar este trabajo. “Algún día estudiaré Psicología también”, se prometió. Pero en un país donde el desempleo juvenil estaba por las nubes y las mujeres eran las más afectadas, ¿cuánto podía esperar realmente? 

Sabía que Costa Rica vivía una crisis de empleabilidad: miles de jóvenes con títulos universitarios trabajando en lo que fuera para sobrevivir. El subempleo, la informalidad y la falta de oportunidades para mujeres como ella eran un monstruo invisible pero presente. “Ni ser inteligente, ni estudiar, ni leer tanto me salvó de esto”, pensó, sintiendo una punzada de frustración. 

—Si la ministra se entera, me despide fijo —dijo en voz alta—. Pero bueno, se la jugó Estrella. 

Abrió su computadora, un viejo aparato que el Ministerio le había asignado, y creó un archivo de Excel. Mientras organizaba los datos, pensaba en lo injusto que era que una mujer joven, culta y trabajadora tuviera que arriesgar su puesto para algo tan simple como perseguir un sueño. La crisis fiscal había dejado a tantos sin empleo que incluso con un título en Filosofía, ella estaba atrapada. Pero si algo tenía claro, era que no iba a rendirse en continuar con sus estudios, mientras tanto entre cartas astrales, cálculos y la realidad cruda de su país, Estrella seguiría adelante. 

En la Cali 

Ya con la vida nocturna agarrando vuelo otra vez, Estrella y Raqui se sentaron en una mesa medio esquineada. El bar de Rafa siempre era lo mismo, esa noche estaba animado. Raqui, que nunca se callaba nada, antes de que les trajeran sus bebidas ya estaba soltando risas que se escuchaban por todo el salón. 

Raquel y Estrella se conocían desde adolescentes, compartieron risas, confidencias y sueños. Raquel, una excompañera de colegio, muy linda, muy agradable y hablantina, le gustaba la vida bohemia, a Estrella no tanto. Sus romances tampoco eran como quisieran, pero Raquel ya se había dado por vencida, iba al ritmo de lo que había. 

–Vos, pero en serio, ¿por qué aquí? Si vos siempre decías que estos bares eran muy bohemios, muy ‘progres’ para vos. 

Estrella se encogió de hombros, sonriendo. 

–Todo cambia, Raqui, todo cambia. 

Raqui asintió, pero igual se rio. 

En una mesa cerca, un grupito de hombres bien atléticos hacía bulla. Uno sacaba pecho, pero el carisma lo dejó en la casa. Raqui, que no perdía el tiempo, ya les había echado el ojo, y ellos a ella. Se notaba que estaban como negociando quién iba con quién, pero Estrella ni los determinaba. 

– ¿te gusta alguno o todos para mí? –le dijo Raqui en broma. 

–Tené paciencia Raquel, la noche es joven. 

Raqui le sacó la lengua, pero no paraba de coquetear. Justo en eso entraron dos muchachos. Uno era Fabián, el del Registro, con quien Estrella ya se había topado varias veces en el mismo bar, y el otro era Carlos. 

Fabián la vio, le sonrió con esa carita de “ya nos conocemos”, y Estrella le devolvió la sonrisa. Mientras tanto, Raqui iba y venía de la mesa de los atletas como si tuviera pase VIP. 

Carlos y Fabián se quedaron en la barra, observando. 

–Mae, esa es la muchacha que siempre vemos sola, que se toma su vinito y se va calladita, ¿no? 

–Sí, esa misma –dijo Fabián–. Pero vieras que a mí me gusta la amiga. 

–¡Ah, pero está con aquellos galanes ! 

Carlos lo pensó un toque y luego, muy serio, le dijo: 

–Mae, hágame el favor: háblele a la del vino mientras yo me acerco a la otra. 

Fabián, con su birra en una mano y una copa de vino en la otra, llegó a la mesa de Estrella. 

–Te traje un refil, por si acaso –dijo con una sonrisilla. 

Estrella, haciéndose la sorprendida pero encantada, aceptó. 

–¡Ah, vos sí sabés cómo ganar puntos! 

El rato pasó volando. Mientras Raqui seguía en su tira y encoge con los atletas, Estrella iba al baño y, de paso, charlaba un toque con ellos. Lo curioso, cada vez que ella pasaba, la mesa de los atletas se ponía más seria. Carlos, que no era ningún tonto, lo notó al toque. 

–Mae, esos maes están raros… –le dijo a Fabián en un murmullo. 

–Nah, son varas tuyas. 

Pero Carlos sentía toda la mala vibra. Hasta que Estrella, con su mejor sonrisa, propuso: 

–¿Nos vamos a otro bar? Aquí ya me aburrí. 

Todos aceptaron y, al salir, Raqui fue a la mesa a despedirse de sus nuevos amigos. 

Ya en la calle, mientras caminaban, Raqui se acercó a Estrella, curiosa. 

–Güila, decime algo… ¿por qué le dijiste a los judokas que Carlos y Fabián eran cinturones negros en karate? 

Estrella no dijo nada.  

Buscando ayuda 

Estrella se encontró con Fabián a la hora del almuerzo, ya lo habían hecho varias veces al Fabián darse cuenta que Estrella trabajaba en el Ministerio de Cultura, a la par del Registro Civil.  él intentaba acercarse, nunca la presionaba. Hoy, sin embargo, ella tenía un propósito claro. 

—Fabi, ¿te puedo pedir un favor? —dijo, jugando nerviosamente con la servilleta. 

—Decime —respondió él, sonriendo con ese gesto amable que siempre le hacía sentir cómoda. 

—Mirá… en el Ministerio estamos trabajando en un proyecto sobre migración interna y su impacto en la cultura costarricense. Es algo medio confidencial por obvias razones, tenemos que encuestar a muchachos en cierto rango de edad, pero necesito sus datos para empezar. 

Fabián levantó una ceja. —¿Datos del Registro? Sabés que eso no es tan fácil… 

—Lo sé, pero confío en vos. Prometo que es para el proyecto. No quiero meterme en problemas ni meterte a vos, pero me salvarías. 

Fabián suspiró, pensando. —Te ayudo. Pero necesito cubrirme. Si me mandás una nota oficial del Ministerio pidiéndolo, aunque sea algo sencillo, mi jefe lo autoriza sin siquiera verla. 

Estrella sonrió aliviada. —¡Gracias, Fabi! Te la paso mañana mismo. 

Fabián asintió, mirándola con afecto.—Sabés que me gustás, Estrella, pero no voy a presionarte. Ayudarte me hace feliz. 

Ella bajó la mirada, agradecida y en el fondo avergonzada. —Gracias por esto. 

Terminaron de almorzar hablando de la relación de Raquel y Carlos. 

Mientras salía del café, Estrella pensaba en lo fácil que había sido… y en lo peligroso que era jugar con fuego. Pero ya estaba dentro.  

Asunto: Solicitud de datos de natalidad para estudio cultural 

Estimados/as funcionarios/as del Registro Civil, 

Desde el Departamento de Investigación Cultural del Ministerio de Cultura, estamos desarrollando un estudio sobre la migración interna en Costa Rica y su impacto en las dinámicas culturales. Este proyecto busca analizar cómo las generaciones nacidas en ciertos períodos se han desplazado entre regiones, influyendo en prácticas culturales como festivales, gastronomía, música y tradiciones locales. 

Para esta primera fase, necesitamos datos de natalidad de personas de sexo masculino nacidas en Costa Rica durante los siguientes períodos: 

1990: Del 30 de mayo al 24 de junio y del 1 al 24 de octubre. 1992: Del 1 al 25 de mayo. 1993: Del 10 de noviembre al 5 de diciembre. 1995: Del 16 de mayo al 10 de junio y del 25 al 30 de noviembre. 

Estos datos nos permitirán identificar posibles patrones migratorios de estas generaciones y su relación con el desarrollo cultural en distintas regiones del país. Agradecemos su colaboración y quedamos atentos a cualquier consulta. 

Atentamente, 

Estrella Solano L. Departamento de Investigación Cultural Ministerio de Cultura 

Ahora Estrella no se la estaba jugando, se había pasado. Quedaba esperar la respuesta. Y esperar. Tres días que se sintieron como una eternidad. Revisó su correo al menos veinte veces diarias, imaginándose todas las formas posibles en que podían descubrirla. 

El tercer día, a las 4:12 p.m., mientras tomaba café y le daba vueltas al azúcar con la cucharita, llegó el correo. 

“Adjunto a este correo, enviamos los datos solicitados. Quedamos atentos a cualquier otra información que requieran.” 

Abrió el archivo. Los números eran un poco diferentes a los del INEC, lo cual era lógico: el INEC hacía estimaciones. Ahora los tenía. Nombres, fechas, lugares. No pudo evitar sonreír con nerviosismo. 

–Bueno, Estrella, ahora sí te metiste en camisa de once varas –se dijo en voz baja. 

Pero ya no había vuelta atrás. 

Pidió vacaciones. 

Estrella se frotó los ojos, cansada. —Más de 12 mil hombres… Dios guarde, tengo que ir descartando. Primero lo primero. A ver, qué triste, pero empecemos con los que ya murieron. 

Unos cuantos clics y una revisión rápida en los registros, y casi ni bajó. 

—Bueno, ahora los casados… Fuera. 

Le quedaron 5,928. Solteros. Vivos. Un ligero respiro. 

—A ver… Los del área metropolitana… No me voy a meter en dramas de larga distancia. 

Filtró por cantones, reduciendo la lista a 2,445. Se detuvo un momento. Dudaba si dejar a los Cartagos. Mordió el lápiz que tenía en la mano. 

—Ay, Estrella, qué clasista, pero no importa.  

Eliminó cantones con poco poder adquisitivo sin remordimiento. Ya habría tiempo para crisis de conciencia. 

—Escazú, Santa Ana, Curridabat, Tibás, Moravia, Heredia centro, San Rafael de Heredia, Belén, Alajuela centro… Tres Ríos tal vez… Sí, Tres Ríos está bien. 

Fue anotando mentalmente las ventajas de cada lugar: Escazú con sus residencias de lujo y extranjeros; Santa Ana con sus condominios fresas; Curridabat con su clase media-alta; Tibás, Moravia, Heredia, San Rafael, Belén, Alajuela… Todos con su encanto económico. 

—Ya casi… ¡Listo! 

Quedaron 1,220 hombres. 

—Opa… Ahora, ¿cuántos serán gays o estarán en unión libre? Ni idea. Bueh, reducida un 10%. Ahí está, perfecto. ¡Bien Estrellita! 

Sonrió satisfecha, abrió su cuenta de Instagram y murmuró: 

—Ahora a estalquearlos. 

Detalles 

Tenía una semana de vacaciones, y aunque sabía que no era tiempo suficiente para reunir toda la información de 1220 personas, no se dejó amedrentar. Sabía que algunos no aparecerían en redes sociales porque usarían pseudónimos, otros simplemente no tendrían perfiles o los tendrían restringidos. Pero ya lo había previsto. Con astucia, se hizo cuentas en redes que los jóvenes ya no usaban tanto, como Facebook, pensando que muchos tal vez mantenían perfiles antiguos por pura nostalgia. Sin embargo, confiaba en que la mayoría estaría en Instagram, por una simple cuestión de edad. 

Cada perfil era un mundo que exploraba con dedicación. 

Mengano: Instagram, feo, tachado. 

Sutano: TikTok, con novia y enamorado, tachado. 

Perencejo: No encontrado, frustrante, pero tachado igual. 

Uno a uno, implacable, fue reduciendo su lista. Algunos tenían novia, otros le parecían poco atractivos, y los que tenían hijos… tachados sin contemplaciones. “Estoy muy joven para ser madrastra”, se dijo a sí misma mientras cerraba otra pestaña. 

Pero entre todos, hubo una sorpresa: un tal René, que resultó ser mujer. Seguramente un error del o la registradora, que al escuchar el nombre en el hospital donde nació asumió que era hombre. Pero no. Las fotos de René en Instagram y Facebook lo dejaban claro: se llamaba Reneé en realidad, una mujer vibrante, artista plástica, con galerías de arte gráfico, sonrisas en la playa con amigos, abrazos familiares, todo en un estilo relajado y sincero. Vivía en Tres Ríos y tenían dos amigos en común. Aquello despertó su curiosidad, tanto que, sin planearlo, iba a empezar a hacerle la carta astral con lo poco que tenía. Le faltaba la hora de nacimiento, un detalle que no aparecía en los datos solicitados. Y Pensó en Fabián, y en ese momento la llamó Fabián. 

Fabián la llamó para almorzar, le mencionó que estaba de vacaciones. Fabián, audaz, se autoinvitó a cenar. Llegó ese mismo viernes cargado con cervezas, vino, sushi y unos brownies que olían a gloria. Estrella, sintiéndose un poco acorralada, llamó a Raquel para que viniera con Carlos. La noche fluyó con risas y complicidad. 

Con la satisfacción de haber conseguido los datos que tanto ansiaba, Estrella se permitió relajarse. Y fue en esa relajación donde algo cambió. Fabián, como siempre, sin forzar nada, se quedó cuando Raquel y Carlos se fueron pasada la medianoche. Por primera vez, Estrella lo miró distinto: era interesante, hasta guapo. Se acercó y, sin pensar demasiado, lo besó. La noche avanzó entre besos que sabían a descubrimiento y caricias que no querían apresurarse. Amanecieron juntos, y Estrella, lejos de arrepentirse, se entregó a un sábado de desayuno compartido, duchas que se extendieron más de la cuenta, y un almuerzo improvisado tras una visita al supermercado. Entre cervezas frías y maratones de Netflix, Fabián amaneció nuevamente en su cama el domingo. Todo lo anterior se pudo dar gracias a que Fabián no le preguntó sobre su proyecto de migración, porque si le hubiera preguntado Estrella se hubiera sentido incómoda por mentirle. 

No hubo promesas ni preguntas incómodas. Solo un “Te llamo para almorzar” como despedida. Y eso bastó. 

Esa noche, mientras la ciudad se sumía en su habitual letargo dominguero, Estrella encontró a un posible candidato en Tibás. Guapo, con ese aire despreocupado que solo los exitosos tienen, y un nombre que le sonaba. No quiso esperar más. Abrió una página de cartas astrales en línea y, en treinta segundos, ya tenía el boceto de su carta astral frente a sus ojos. La búsqueda continuaba, pero esa noche, Estrella durmió con una sonrisa de satisfacción en los labios. 

Gustavo, el de los carros 

Todo el lunes Estrella le estalqueó el perfil en Instagram. Gustavo. Guapo, sonrisa perfecta, amigos por montones, vida social activa, y según su bio, trabajaba en una empresa automotriz de carros eléctricos. Perfecto.  

Venus en Tauro. Estabilidad, encanto natural, alguien que valora las relaciones duraderas y las cosas simples de la vida. Mmm, promete… 

Martes, Estrella leyó cuanto artículo pudo sobre vehículos eléctricos. Tenía que sonar convincente. El miércoles pidió medio día para una cita médica. Fue a la automotriz, se presentó como alguien interesada en comprar un carro, aunque no sabía si quería uno de gasolina o eléctrico. Gustavo la atendió. 

–Si querés, te puedo ayudar a decidir –dijo él, sonriendo. 

–Me encantaría –respondió Estrella, sin poder evitar sonrojarse. 

Horas después, Gustavo le envió un mensaje invitándola a salir. Ni siquiera lo pensó: “Sí”. Rechazó sin remordimiento la invitación a almorzar de Fabián. Esa noche, Gustavo la recogió en la tienda Eñe, a la par del ministerio, donde Estrella compraba de vez en cuando unas pañoletas de diseño único, para sentirse parte de ese mundo cool y sofisticado y qué él viera que así era ella. La noche fue perfecta. 

Pasaron el resto de la semana conversando y el sábado se fueron a Tamarindo. Playa, risas, preguntas de todo tipo. 

–Vos creés en la exclusividad? –preguntó Gustavo. 

–Claro, y en la sinceridad –respondió Estrella. 

–Entonces estamos en la misma página. 

Pero una semana después, todo se vino abajo. Estrella descubrió que Gustavo tenía novia. No aparecía en sus redes, pero existía. Terminaron lo que apenas empezaba. 

Gustavo no lo aceptó. La seguía, le pedía perdón, insistía. Cuando ella no cedió, la amenazó. 

Estrella, con el corazón apretado, abrió su lista y dibujó una gran X sobre su nombre. 

–Este no. 

Otro 

Estrella miraba la pantalla con ansiedad. Ahí estaba, Pablo, nacido el 1 de junio de 1990, con Venus en Tauro. “Ah, si tan solo tuviera la hora de nacimiento… maldita Luna viajera, me estás matando”, murmuró. Pero con Venus bien aspectado, ya tenía lo esencial: encanto, diplomacia, amor por la armonía y la belleza. Y encima, guapo. 

“Bien prendidito”, le hubiera dicho su abuela. Profesor en un colegio en Desamparados. Perfecto. Estrella sonrió con picardía. 

Al día siguiente, caminaba por los pasillos del colegio con la directora, inventándose un proyecto del Ministerio de Cultura para llevar obras de teatro a los colegios. “Este es uno de los seleccionados por la ministra, pero necesito ver el colegio y analizar las necesidades para la obra”, dijo con tono profesional. La directora, encantada con la idea, la guió al gimnasio. Estrella no prestaba atención al gimnasio. “Qué lindo, mientras espera el recreo… ¿puedo comer mi merienda en el aula de profesores? Me gusta sentir el ambiente”, preguntó con una sonrisa dulce. La directora asintió. 

Allí estaba Pablo. Camisa impecable, ni una arruga. Un galán. Conversaba animadamente con otro profesor. Estrella los observó un momento. A leguas se notaba. Pablo era gay. Su compañero también. Tal vez pareja. Ya no importaba. 

En el bus de regreso al ministerio, Estrella se perdió en sus pensamientos: 

“Debe ser un proceso tan complejo… Imaginate crecer en un mundo donde todo lo que sentís choca con lo que te dicen que es correcto. El autodescubrimiento debe ser brutal. Pensás que es una fase, que se te va a pasar, pero no. Y cuando lo aceptás, viene el miedo a la familia, al rechazo, a las burlas. ¿Cuántas veces alguien se habrá reído de sus propios sentimientos para evitar que lo hagan los demás? Y aunque salís del clóset, el miedo persiste. Trabajo, amigos, oportunidades… Vivir así y no romperse… Eso sí es valentía.” 

Suspiró. 

“Sin duda, Pablo es una gran persona. Pero no es para mí. Yo fui la que lo buscó, él ni siquiera sabe que estuvo en mi lista de hombres perfectos. Es perfecto, pero para alguien más.” 

Otra X en la lista. 

Ya había ignorado tres llamadas de Fabián. También había puesto tres equis más en la lista. Era agotador estar inventando excusas y mentiras para conocer a los hombres perfectos. Ya ni se tomaba tanto tiempo en hacer las cartas astrales de cada uno. Se le había refinado el olfato: con solo verlos interactuar en redes con sus familias o compañeras de trabajo, ya les hacía un juicio. Ninguno le gustaba. A algunos los vigilaba físicamente, de lejos, pero sí. 

—Necesito una pausa –se dijo en voz alta mientras cerraba la computadora. 

Había abandonado su otra vida, la de leer, salir, ir al cine, al teatro. Se acordó de que tenía que ir a comprar lo del mes… y baterías para el Mr. Dick, su compañero nocturno. O mejor, deshacerse de él. Ya estaba muy viejo. Quiero uno recargable, pensó. 

Raquel nunca tenía tiempo para salir. Estaba enamorada de Carlos. Tenía que buscar más amigas, se dijo. Y pensó en Reneé, el hombre mujer. Sería interesante. 

El Ministerio y la municipalidad estaban organizando la feria de artesanía anual en el parque España. Estrella hizo lo posible para que invitaran a Reneé, quien nunca había participado en ferias ni siquiera había sido invitada. 

Estrella estuvo pendiente de que la invitaran, pero el tiempo para confirmar casi se agotaba. La llamó. 

—Hola, Reneé, te habla Estrella Solano, del Ministerio de Cultura. Te invitamos a la feria de artesanía en el parque España. —Ay, no sé… Yo vendo mis cosillas en las playas, en temporada alta. Es lo que me funciona. —Dale, animate. Esta feria tiene bastante movimiento. 

Reneé dudó, pero al final aceptó. 

—Eso sí, respondé la invitación formalmente, por el sistema –le recordó Estrella. 

El día de la feria, Reneé tenía el mejor puesto, aunque era la nueva. Llevó bisutería bonita, pero nada extraordinario. Sus pinturas, en cambio, impactaban: colores vibrantes, temática marina, frescura perfecta para ese día de verano. 

Estrella la observaba desde una banca. Llevaba un gran gafete: “ESTRELLA SOLANO C. – MINISTERIO DE CULTURA, Despacho de la ministra”. Se acercó poco a poco a los puestos cercanos. Finalmente, llegó al de Reneé. 

—Hola, Reneé, soy Estrella, del Ministerio. —¡Ah, sí! Ya habíamos hablado. Vos me convenciste de venir. No soy fan de estas ferias. No es justo que te cobren el puesto, vendás o no. Siempre hay alguien que se asegura la ganancia a costa nuestra. 

Reneé era vivaz, relajada, agradable. Rubia, ojos azules, pelo corto, andrógina, deportista, con piercings en la nariz y la ceja. Ni delgada ni gruesa, pero fuerte. 

Estrella, algo intimidada, le compró unos aretes, un collar y un cuadro de un mar con una ola explotando en una piedra. 

—Gracias, Estrella. Tomá, mi tarjeta. El cartoncito decía: «Llamame si querés algo más.” 

Estrella se rió por dentro al ver el doble sentido impreso desde la imprenta. Definitivamente, tenían que ser amigas. 

Esa noche, Estrella llamó a Fabián. No invitó a Raquel ni a Carlos. 

—A lo que vinimos – se dijo mientras lo besaba. 

Hicieron el amor con energía, como si hubieran usado las nuevas baterías de Mr. Dick. Luego, Estrella le dijo: 

—No podés quedarte. Tengo mucho trabajo con el proyecto de migraciones y me distraés. 

Fabián la abrazó distinto al despedirse, como queriendo llevarse un pedazo de ella. 

Estrella durmió hasta las 11 de la mañana del domingo. 

Volver a la lista 

El lunes empezó mal. En la oficina estaban preocupados porque había alguien queriendo estafar a los colegios haciéndose pasar por promotores culturales del ministerio. 

—Vieras que me contaron que alguien anda ofreciendo obras de teatro en nombre del ministerio, pero lo raro es que no pide plata. Es solo una denuncia si hay más vamos a tener que poner la denuncia en el OIJ. 

Estrella sintió que la sangre se le iba a los pies. Se sonrojó, pero nadie la vio. 

—Diay, si el colegio tiene cámaras, fijo me echan —pensó, mordiéndose una uña. 

Pero se tranquilizó. Había usado un nombre falso, y con suerte, nadie la reconocería. Necesitaba distraerse. Abrió su computadora y volvió a su lista de hombres. 

—Bueno, Ignacio… Veamos qué tal vos. 

Ignacio era de Escazú, vivía en un condominio y era dueño de una empresa de ropa casual. Estrella se puso un vestido bonito y tomó un Uber al mol más grande de Escazú. Caminó entre vitrinas y tiendas de lujo, hasta que llegó al local de Ignacio. Entró y empezó a ver la ropa, tocando las telas y fingiendo interés. 

La dependienta se le acercó por segunda vez. 

—¿Te ayudo con algo? —preguntó amablemente. 

—Todavía no, gracias —respondió Estrella con una sonrisa nerviosa. 

Después de casi una hora, Ignacio entró. Era guapo, bien vestido, con un porte confiado… pero pequeñito. 

—¿Por qué nunca me doy cuenta de esto hasta que los veo en persona? —susurró Estrella para sí misma, viendo las fotos mentirosas que Ignacio subía a sus redes, todas tomadas desde abajo. 

—¿Has visto algo que te guste? —preguntó la dependienta por tercera vez. 

—Mmm… No, vieras que andaba buscando un traje de noche, pero no veo nada que me llame —dijo Estrella, sonriendo para salir del paso. 

Tomó otro Uber de vuelta a su casa. En el camino, apoyó la cabeza en la ventana y suspiró. 

—Nos enseñan desde carajillas que un hombre tiene que ser de cierta forma, ¿verdad? Alto, mayor que vos, uno o dos años mínimo, guapo, buen proveedor… Que no esté metido en la casa, que sea varonil. Todo eso es aprendido. Tal vez por eso cuesta tanto encontrar a alguien perfecto, porque andamos buscando un ideal que ni siquiera es nuestro —murmuró mientras veía las calles pasar. 

Recordó las palabras de su mamá, de sus tías, de las revistas que leía cuando era adolescente. 

—Al final, ¿cuántas veces he descartado a alguien solo porque no cumple con ese molde? —se preguntó, sintiendo un nudo en la garganta. 

Pero, aun así, Ignacio no iba a ser. No quería que la apodaran Blanca Nieves. 

En Escalante 

Esa noche, Raquel y Carlos estaban en un bar en Barrio Escalante. Se estaban tomando unas birras, riendo y disfrutando. Habían quedado de verse con Estrella, que llegó un poco más tarde. «¿Llamamos a Fabián?» sugirió Raquel, pero Carlos dijo que no podía, sin explicar por qué. A Estrella eso le incomodó. Seguro ya tiene a otra, pensó, sintiendo un leve ardor en el pecho. Diay, tampoco es que fuera mi novio, pero igual…

Mientras andaban en romería entre bares, terminaron en uno donde Estrella se topó a Reneé. «Muchachas, les presento a Reneé», dijo Estrella sonriendo. Reneé, con su pelo corto y su sonrisa amplia, presentó a sus amigos. El grupo era encantador, buena vibra, pura vida. Raquel y Carlos se fueron después de un rato, dejando a Estrella con Reneé y sus amigos. Luego, de manera algo extraña, los amigos de Reneé también se fueron. Estrella lo notó. Raro… normalmente los amigos no dejan a una mujer sola en un bar, no de noche, bueno no estaba sola, pero era raro. Conversaron como si fueran amigas de toda la vida. 

«Vivís cerquita, ¿no?» preguntó Reneé. «Sí, en Vargas Araya, vos en Sabanilla, ¿cierto?» «Ajá. Caminamos juntas.» 

Se fueron caminando despacio, hablando de todo y nada. Pararon en La Bamba para un zarpe y, finalmente, un Uber dejó primero a Estrella y luego a Reneé. Ya en casa, un poco ebria, Estrella pensaba: Qué rajado… me encantaría tener a Reneé entre mis mejores amigas. Pero el pensamiento de Fabián y esa posible «otra» no la dejaba en paz. Seguro sí tiene a alguien más…. Y tenía razón, aunque solo lo sospechaba. 

A la mañana siguiente, ya sobria, Estrella se sentó con su taza de café y se dejó llevar por sus pensamientos. Aunque una relación termine o ni siquiera haya sido formal, el apego emocional no desaparece así nomás. Saber que esa persona ya siguió adelante duele… no porque quiera estar con Fabián, sino porque me pregunto si ya me olvidó. Nos afecta el ego, ¿será que soy fácil de reemplazar? Nos comparamos sin querer con los demás y si alguien que fue importante ya está con otra persona, nos sentimos insuficientes. Es que… buscamos validación externa…. Estrella suspiró. 

Diay, Sartre tenía razón, uno se define también por cómo lo ven los demás. Si alguien que nos quiso ya encontró a otra persona, es como si perdiéramos esa parte de nosotros que existía en sus ojos. Schopenhauer diría que sufrimos porque siempre estamos deseando algo… y en este caso, no es ni siquiera a Fabián, es querer seguir siendo importante para él. Y Platón… ese mae… para él el amor era desear lo que nos falta, y tal vez sentimos un derecho simbólico sobre quien compartió con nosotros, aunque ya no lo queramos

Tomó otro sorbo de café. Igual, qué playada la mía, si Fabián solo era un amigo. Se rió sola y, con un suspiro largo, volvió a la lista. 

Democracia 

Los meses pasaron y Estrella continuó con su lista. Ya le había agarrado la maña para ahorrarse tiempo y decepciones. Conoció a pocos y solo salió con dos. En la primera cita, los desechó. 

Mientras tanto, el país estaba a punto de cambiar de gobierno. Estrella, aunque joven, entendía un poco el juego socio-político de las elecciones. No le gustó nada que en la segunda ronda electoral la obligaran, como a tantas otras personas, a elegir al ‘menos malo’. Las dos opciones eran espantosas: un acosador sexual mundialista y un cuestionado expresidente. Nunca le dijo a sus amistades si votó o no, mucho menos por quién. 

Muchas veces, mientras trabajaba o se perdía en sus libros de astrología y filosofía, reflexionaba sobre el acto de votar en Costa Rica.  

Así lo interiorizaba: El sufragio ha sido visto como un deber cívico, pero también se ha debatido si debería ser una obligación ineludible. La Constitución lo establece como un derecho y un deber, pero al final, votar es una elección personal. 

Para muchas personas jóvenes, pensaba Estrella, el proceso electoral era una fuente de frustración. “Sentirse forzado a elegir entre candidatos que no me representan solo me genera descontento, mae. Y la gente mayor insiste: ‘si no votás, no tenés derecho a quejarte’. ¿Qué clase de chantaje emocional es ese? La libertad de expresión no depende de un pinche voto.” 

Se indignaba sola, caminando por su casa. “La obligación de votar se siente como una imposición. Si no me siento representada, ¿por qué voy a validar un sistema que me ignora? Más bien, los partidos deberían ofrecer opciones reales y representativas, no esta basura.” 

Sabía que, si ganaba el acosador, todo en el Ministerio de Cultura cambiaría, y no para bien. Con esa inquietud, le pidió ayuda a Raquel para encontrar un trabajo de medio tiempo. Raquel, siempre bien conectada, le consiguió un trabajo desde casa: actualizar páginas y redes sociales de empresas. No ganaba tanto como antes, pero al menos iba a tener tiempo para terminar su carrera de Filosofía y tal vez llevar algunas materias de Psicología. Fue una ventaja tener casa propia. 

Y claro, también le servía para seguir con su lista. 

Cuestionamientos 

Estrella ya había reiniciado su carrera de Filosofía en la UCR. Era otro mundo, marcado por la precariedad que enfrentaban los jóvenes en Costa Rica tras la pandemia. La crisis económica, agravada por la regla fiscal y el desempleo juvenil, hacía que muchos, como ella, lucharan por mantenerse a flote. Sin beca, le tocaba ahorrar hasta el último cinco, consciente de que el acceso a la educación superior se volvía cada vez más difícil para quienes no tenían privilegios. Pero lo intentaría. Seguiría adelante. 

Seguía saliendo con Reneé. Ese día iban a una sex shop a comprar otro consolador. Mientras hablaban de gustos sexuales, Reneé le confesó que era lesbiana. Estrella no se sorprendió de que lo fuera, sino de darse cuenta de que sentía una atracción hacia ella. Pero seguía sin cuestionarse que podía ser lesbiana, porque le gustaban los penes. No dijo nada. 

Después de la compra, se fueron al bar de Rafa. Reneé le contó sobre su vida amorosa, sin novia en ese momento, con un hermano bisexual y una familia que nunca la censuró. Entonces entraron Fabián y Carlos. Fue incómodo, pero lo llevaron bien. Se sentaron los cuatro juntos, Raquel llegó después, y con unas copas de vino encima, Estrella empezó a excitarse. No sabía si era por Fabián o por Reneé. 

Raquel recordó la vez que Estrella los sacó del bar vacilando al grupo de judokas. Fabián y Carlos no sabían y se rieron mucho. Estrella nunca les dijo que todo lo fraguó ella, el encuentro y la separación forzada con los judokas. 

Fabián preguntó por el proyecto de migrantes y, al saber que fue desechado, comentó: “Con razón nunca me llamaron”. Estrella se quedó con la boca abierta. “¿Cómo que estabas en la lista?”. No podía creerlo ni entender por qué lo había eliminado. 

Reneé se despidió con un guiño y un toque en la bolsa del nuevo Mr. Dick: “Creo que hoy no lo vas a usar”. Y así fue. Fabián amaneció en casa de Estrella. Al día siguiente, él dijo que debía irse a llevar a la mujer más importante de su vida a almorzar. Estrella, confundida, se alivió al saber que era su hija. Él le pidió una relación seria, y ella aceptó. Ya sabía por qué lo había eliminado de la lista, porque ella era muy joven para ser madrastra. 

Antes de irse, Estrella le preguntó la hora de su nacimiento. Mediodía contestó. 

Hizo su carta astral y vio perfección: La Luna en Cáncer, símbolo de sensibilidad y protección, parecía confirmar que Fabián era lo que había buscado por años. Su conexión emocional, intuición y necesidad de un hogar seguro eran ideales. Sin embargo, la luna, esa viajera incansable que influye en las mareas y en nuestros fluidos, parecía haberse burlado de ella. La misma luna que Estrella siempre consideró caprichosa, ahora le mostraba que, aunque el universo parecía haber conspirado a su favor, la realidad podía ser mucho más compleja. Aun así, pensó que al fin lo tenía, y quizás, en el fondo, siempre lo había tenido. 

Estrella llamó  a Fabián y lo invitó a su casa junto a su hija. Llegaron una hora después, la niña tenía 7 años, era hablantina, muy dulce, Estrella hizo un fresco de limón, se sentaron a comer galletas dulces de panadería, los adultos café, la niña se estaba durmiendo en el sillón y Estrella le dijo que la acostara en su cama. E iniciaron su noviazgo conversando, él le contó que no le había dicho de Sol, su hija, porque él veía que ella no se interesaba en nada de su vida, que él la vio muchas veces en el Registro y luego en el Parque Nacional, pero que creía que esperaba a alguien y él no es un mae entrador. Cuando la veía en el bar de Rafa esperó a que ella se fijara en él, pero no, y cuando ya lograron presentarse, pues él pensó que podía haber algo bonito allí, porque ella era muy guapa, muy linda. Que él sabe darle tiempo al tiempo. 

Le contó que fue papá muy joven con una amiga, con quien mantenía una relación muy sana. Dijo que Sol, era lo más importante en su vida, pero que sabía equilibrar ser padre soltero con tener una relación seria. Y eso era lo que quería con Estrella. 

Estrella lo escuchaba mientras rememoraba todo lo vivido con él. Cuando Fabián terminó de hablar, lo besó y le dijo: “Está bien, ya somos pareja.” 

Fabián también le habló de su familia y de que era adoptado. 

Estrella peló las guayabas mientras procesaba lo que acababa de escuchar. 
—¿Cómo? 
—Sí, me adoptaron —respondió Fabián—. Una muchacha me dejó en un albergue cuando tenía una semana de nacido. 
—¿Cómo? ¿No naciste el 10 de octubre de 1990 al mediodía? 
—No, en realidad no sé. Los médicos calcularon que había nacido hacía una semana y pusieron el mediodía por vara. 

A Estrella se le hizo un cortocircuito. No sabía cómo procesar aquello frente a Fabián. Por prudencia se contuvo, le gustaba Fabián, y su obsesión con el hombre perfecto la había cegado. 

Fabián y Sol se fueron como a las seis de la tarde, y Estrella se quedó pensando en los años pasados, en todo lo que había hecho para conseguir una relación estable, y en cómo toda su creencia y estudio astrológico no le habían servido de nada. 

En su mente, se alzaba una pregunta dolorosa: “¿Fui frívola al buscar al hombre perfecto en lugar de construir una relación sana?” 

Así elucubraba Estrella: 

La astrología y la ciencia han mantenido una relación compleja a lo largo de la historia. Mientras la ciencia se basa en métodos empíricos y verificables, la astrología se fundamenta en interpretaciones simbólicas de los astros y su influencia en la vida humana. Desde la psicología y la filosofía, se han explorado diversas interpretaciones sobre la validez y el papel de la astrología en la comprensión humana. 

Esa noche leyó, investigó y se autoexaminó: 

Carl Gustav Jung, psicólogo suizo, integró la astrología en su enfoque terapéutico. Para Jung, los símbolos astrológicos representaban arquetipos del inconsciente colectivo, ofreciendo una herramienta para el autoconocimiento y la exploración de la psique. Consideraba que las configuraciones planetarias podían reflejar estados psicológicos internos, estableciendo una conexión simbólica entre el cosmos y la mente humana. Como afirmó: “La astrología consiste en configuraciones simbólicas del inconsciente colectivo; los ‘planetas’ son los dioses, símbolos de los poderes del inconsciente». 

Aunque la astrología no cumple con los criterios científicos tradicionales, algunos profesionales de la psicología reconocen su valor como herramienta complementaria en procesos terapéuticos. Facilita el autoconocimiento y ofrece perspectivas simbólicas sobre la vida del individuo. Sin embargo, se diferencia claramente de la psicoterapia basada en métodos científicos validados. 

Históricamente, la astrología fue considerada una disciplina cercana a la filosofía y la ciencia. Filósofos y científicos antiguos la usaron para comprender el cosmos y la naturaleza humana. Con el avance del método científico, perdió su estatus de ciencia reconocida por falta de evidencia empírica. No obstante, su impacto histórico y cultural la mantiene vigente en el ámbito filosófico. 

Desde la psicología, la astrología puede verse como una herramienta simbólica para el autoconocimiento, aunque carezca de validación científica. Desde la filosofía, se reconoce su impacto histórico y cultural, aunque no se le considere una ciencia estrictamente. 

Estrella ya no quería ni saber ni adivinar el día y la hora de nacimiento de Fabián. No era conformismo, era razón. Ahora tenía como pareja a un hombre, guapo, ¿exitoso? 

El éxito es un concepto complejo y subjetivo, variable según la persona, la cultura y el momento de la vida. 

Aristóteles vinculaba el éxito (eudaimonía) con la realización de potencialidades y el ejercicio de la virtud. Nietzsche lo veía como la afirmación de uno mismo, creando el propio destino sin someterse a valores impuestos. Sartre argumentaba que el éxito surge de asumir la libertad y responsabilidad, eligiendo quién queremos ser. 

Maslow sugiere que el éxito es alcanzar la autorrealización. Carol Dweck lo define como un proceso constante de aprendizaje y adaptación. Seligman lo asocia al bienestar subjetivo. 

La modernidad asocia el éxito con logros materiales, reconocimiento y poder, aunque filosofías como el minimalismo y el budismo invitan a buscar plenitud en lo simple. 

Estrella siguió pensando: las personas son buenas o malas según su educación y entorno en la niñez no por la posición planetaria al nacer. 

Rousseau sostenía que el ser humano nace bueno y la sociedad lo corrompe. Locke defendía que la mente es una «tabula rasa» y que la educación moldea el carácter. 

Freud planteó que las experiencias tempranas impactan la personalidad. Bowlby destacó la importancia del apego seguro. Baumrind identificó cómo los estilos de crianza afectan el desarrollo infantil. 

Estrella, con su formación universitaria pública, por fin se estaba cuestionando sus creencias y necesidades. 

Si era sincera, tenía que cuestionarse lo que le hacía sentir Reneé. Le gustaba. No se consideraba lesbiana ni bisexual, pero ¿qué importaba eso? Le gustaba. No había duda. ¿Será que lo que le atraía era su aspecto masculino y entonces le gustaban los hombres? 

Investigó sobre lo que sentía: 

La atracción de una mujer heterosexual hacia otra con apariencia masculina ha sido explorada por la psicología, sociología y antropología. 

Anne Fausto-Sterling destaca la fluidez de la sexualidad humana. Las personas pueden experimentar atracciones diversas sin redefinir su orientación sexual. 

Judith Butler sugiere que el género es una construcción social. Una mujer con apariencia masculina puede resultar atractiva por desafiar normas tradicionales. 

Culturas nativas reconocían a personas con combinaciones de género, como los «dos espíritus», valorando su singularidad. 

Y entonces, en medio de su caos, en su pensamiento seguía Reneé. Pensó en sus manos, en su risa, en la seguridad con la que se movía por el mundo. Le gustaba. No era solo amistad, era otra cosa. 

—¿Me estaré engañando? ¿Será que me gusta su masculinidad? ¿Será que sólo me atrae lo masculino? 

 — No me voy a encasillar, la atracción no siempre tiene nombre. 

Pensó en la infancia, en cómo a las niñas se les prohíbe explorarse, se les enseña a reprimir cualquier pensamiento “anormal” sobre el sexo. “Quizás si nos enseñaran que el deseo es libre, sería todo más fácil…” 

Por ahora, disfrutaría su relación con Fabián y ser una madrasta joven. Pero, si un día quería explorar otro mundo, sin dañar a nadie, lo haría aunque las estrellas dijeran lo contrario. 

-fin- 


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